Hablan de poesía pero desconocen el riesgo y el frenesí. Nunca han pasado hambre, ya fuese inducida o naturalmente atroz; no han participado de la deposición tribal de tabúes y prejuicios contemporáneos; sus vidas jamás han oscilado a tanta velocidad como para quebrantarse, arrebatado el aliento y las concesiones terrenales.
Si alguien ha obviado la experimentación antropológica en primera persona, y ha dejado de asumir riesgos incompatibles con la vida, lo que quede en el alma de sus asiduos después de tratarle será insuficiente.
Porque la mayoría viaja en transporte público. Dicen que quedan para ir a la Biblioteca Nacional o a algún reducto snob de saber falseado, desenfundan el abono (muchas veces todavía ese naranjita) y... tick; el torno les devuelve el billete.
U otras veces quedan en el sitio alternativo de moda, compiten en sagacidad, y nunca entran al trapo cuando alguien les increpa.
Es de lo más fastidioso.
Sobre todo porque la multitud no discrimina, y nos mete a todos (sin merecerlo) en el mismo saco; en el caro saco de la extravagancia.

Gracias por tu visita. Y mis mejores deseos para este Nuevo año.
ResponderEliminarEfectivamente, no vamos todos en el mismo tren, ni hemos bebido de las mismas fuentes ni nos complacemos en lo trivial, ¡por fortuna!
ResponderEliminarMuchos reconocemos los versos surgidos del espíritu desgarrado, sin poses de estudiado malditismo.
Como decía Antonio Machado, hay que distinguir las voces de los ecos.
Me gusta tu inicio, Lee: es prometedor. Intentaré acompañarte cuando pueda.
Un saludo afectuoso.
Qué cálido este lugar donde se adivina el deseo del pasado.
ResponderEliminarToda poesía encierra un escape hacia una Nada que nadie habita
Recuperar una voz perdida en la ciudad de la noche de carreras descontroladas
Y encontrarla entre estrellas mediterráneas
¡Privilegio de cazadores de sueños!
¡Un abrazo desde mi jardín de estrellas!